Sri Lanka, las Tierras Altas

Parece que va a ser norma general empezar el día con un banquete. Pensábamos que habíamos tocado techo pero el desayuno que nos preparó la famila de e-stay Hanthana Kandy en nuestro quinto día de viaje fue insuperable. A destacar, el dhal y el roti de coco. Un diez para esta familia y su alojamiento, por su hospitalidad, la limpieza y equipamiento de las habitaciones, la comida y sus eternas sonrisas. Muy recomendable.

Ayesh llegó puntual para iniciar la última jornada con nosotros, destino Nuwara Eliya, pero antes teníamos un par de visitas pendientes en Kandy y alrededores: el Real Jardín Botánico de Peradeniya y la estatua de Buda gigante de Bahirawakanda Vihara. Este último está ubicado en la cima de la colina Bahirawa Kanda, en el templo budista de Sri Maha Bodhi desde el que tenemos unas vistas estupendas de la ciudad y sus alrededores. Por su parte, los Reales Jardines Botánicos son una excusa perfecta para pasear tranquilamente en un espacio natural inmenso (unas 59 hectáreas), repleto de árboles espectaculares y plantas de todo tipo, a poca distancia del centro de la ciudad de Kandy (a 6 kilómetros, en la población de Peradeniya). Ambos lugares complementaron nuestra visita a Kandy que, finalmente, recomendamos incluir en cualquier ruta. Kandy tiene suficientes atractivos como para dedicarle una jordanda completa (al menos).

Entre Kandy y Nuwara Eliya hicimos dos paradas más: la visita a una Factoría de Té y la Cascada de Ramboda. La visita a Damro Tea Factory  fue una recomendación de nuestro conductor Ayesh. Nos explicaron el procesado del té, nos invitaron a tomar un té en su salón y, como siempre, nos ofrecieron pasar por su tienda. A pesar del caracter turístico, resulta interesante conocer de primera mano y en directo como se elaboran las distintas variedades del famoso té de Ceilán. La cascada de Ramboda no trae mucha agua en esta época pero merece la pena acercarse hasta su base (tardamos apenas 10 minutos en llegar, atravesando el Ramboda Falls Hotel) para disfrutar de un enclave natural magnífico.

Llegamos a Nuwara Eliya a la hora de la comida. Esta vez, probamos auténtica street food de Sri Lanka en un food court llamado Hela Bojun Hala. El lugar, anexo al mercado de fruta, se localiza fácilmente caminando por la carretera principal que cruza la población. Merece la pena acercarse a este lugar para probar con los parroquianos habituales un sin fin de pequeñas preparaciones tradicionales cocinadas al momento: aluwa, handi kaum, undu wade, kola kenda (una curiosa bebida vegetal de color verde, caliente, cuyos tragos deben acompañarse de pequeños mordiscos a un terrón de azúcar también vegetal), levariya, those, los enrollados unduwel, itly, etc. El lugar está limpio, es barato y la comida está muy buena. Después de comer hacemos una parada rápida en la pintoresca oficina de correos antes de llegar a nuestro alojamiento: Mount Mary Inn, una guesthouse muy bien ubicada y con una atención muy amable. Además, nos vino de perlas la smart tv y Netflix que, junto con una pizza que pedimos a domicilio, nos arreglo la tarde de lluvia torrencial sobre la ciudad.

Nuestro sexto día amanece despejado y aprovechamos para terminar la visita a Nuwara Eliya. La verdad es que la ciudad, en nuestra opinión, no ofrece demasiado y en un par de horas nos damos por satisfechos. Llega el momento de nuestro primer trayecto en tren. Contratamos un tuk tuk hasta la estación de Nanu Oya (a unos 8 kilómetros de Nuwara Eliya) y al llegar compramos los billetes. No teníamos ninguna reserva para primera o segunda clase, por tanto, vamos en tercera a un precio realmente bueno (unos cincuenta céntimos de euro por persona). El tren llegó con retraso (algo que parece que es habitual). En la subida al vagón de tercera tuvimos que tirar de épica para no quedarnos en el andén. Lo mismo para hacernos un sitio dentro y colocar las mochilas (a veces te toca llevarlas puestas) pero cuando el tren arranca y comienzas a ver los paisajes, todo merece la pena. Con paciencia llegamos incluso a conseguir sitio en las puertas y sentarnos con las piernas colgando (ojo con los túneles y algunos árboles…). Tras aproximadamente una hora y media de trayecto llegamos a nuestro destino, el pueblo de Haputale.

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Teníamos buenas referencias de Haputale y nuestras expectativas se cumplieron con muy buena nota. Nos alojamos una noche, que reservamos sobre la marcha. El núcleo de la localidad es muy pequeño, apenas una calle principal (la carretera que lo cruza) y unas pocas calles aledañas donde se distribuyen los comercios y alojamientos. Está ubicado a 1.431 m.s.n.m y rodeado de bosques y plantaciones de té. Tiene un mirador y varios puntos en los que puedes conseguir vistas espectaculares. El ambiente nos pareció más tranquilo y auténtico y quizá menos turístico. Es interesante como se mezclan culturas en un espacio tan pequeño. Puedes pasear por el cementerio de la iglesia de St. Andrew mientras escuchas el muecín de la mezquita y a lo lejos divisas un templo hindú. Caminar por las vías del tren al atardecer es muy buena opción para mezclarte con sus gentes. Además de esto, está el famoso Lipton’s Seat, un mirador que ofrece unas vistas espectaculares de la zona. Una buena opción es subir en tuk tuk o en autobús y bajar caminando. Más allá de las vistas del mirador, el camino es muy interesante, lleno de campos de té dónde de vez en cuando encuentras a alguna de las mujeres (tea pluckers) que se encargan de recolectar las hojas. Después de Haputale, nuevo trayecto en tren hasta la ultima localización de nuestra ruta por las tierras altas, la ciudad de Ella.

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Ella tiene un ambiente más turístico e internacional pero no por ello es menos atractiva, sobre todo por su ubicación y entorno natural. Nos alojamos dos noches para poder disfrutar tranquilamente de la zona. Descartamos la subida a Ella Rock (el camino no parece muy claro y las referencias que teníamos no eran muy buenas) y nos centramos en la subida a Little Adam’s Peak y la visita a Nine Arch Bridge. De hecho, ambos puntos pueden combinarse en una misma ruta circular muy interesante. Little Adam’s Peak está a unos 50 minutos del centro (el camino se encuentra fácilmente, basta con preguntar a cualquiera que te encuentres). La ruta es muy sencilla y ofrece maravillosas vistas de Ella Rock. A Nine Arch Bridge se llega en una media hora caminando por las vías desde la estación de Ella. Le da un punto especial ver pasar el tren sobre el puente. La verdad es que fuimos un par de veces y en ambas ocasiones tuvimos suerte, pero pueden consultarse los horarios de los trenes (y tener en cuenta los retrasos) para no fallar.

Una recomendación, que vale en general para las tierras altas, es madrugar y realizar las visitas en la primera parte del día. A medida que pasan las horas, la niebla baja, las nubes aparecen y la lluvia complica las cosas. Un buen lugar para comer en Ella comida auténtica de Sri Lanka entre tantos restaurantes turísticos es sin duda Matey Hut. Muy cerca de la estación, este pequeño restaurante prepara al momento unos platos excepcionales a muy buen precio. Tiene pocas mesas y un horario no demasiado amplio, es habitual ver gente haciendo cola en la puerta. Nos prepararon el mejor Kottu hasta el momento y uno de los mejores Rice and Curry. Muy recomendable.

Con Ella terminamos nuestra ruta por las tierras altas. Esta zona del país ha superado nuestras expectativas. Sus paisajes, gentes, cultura y gastronomía nos han parecido excepcionales. Mañana, continuamos el viaje en dirección sur, hacia la ciudad de Galle.

 

 

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